El hábito de autodiagnosticarse o diagnosticar a otros sin formación médica crece en reuniones sociales y redes. Profesionales advierten sobre los riesgos y explican cómo se construye un diagnóstico.
En los últimos años se registra un aumento del hábito del autodiagnóstico o del diagnóstico «de sobremesa»: se llega a una reunión familiar con un síntoma y se va de ella con un diagnóstico, sin que haya entre los presentes un profesional de la salud.
Además, la cibercondría crece entre los adolescentes, quienes terminan identificándose con una patología y convirtiéndola en un rasgo de personalidad, aun cuando sólo hayan aprendido sobre ella en videos de menos de un minuto en redes sociales.
Entre las crisis que atraviesan las sociedades en los últimos años, una de las más preocupantes es la crisis epistemológica: ya no sólo resulta difícil decidir por la veracidad y confiabilidad de la información que se encuentra en línea, sino que a muchas personas no les resulta importante valorar esas dimensiones.
En el ámbito de la salud, algunos países ya optaron por implementar sanciones a quienes difundan por redes sociales datos sobre procedimientos médicos, tratamientos y diagnósticos si no tienen título habilitante sobre aquello que comunican. Francia es el caso más extremo con una ley de 2023 que impone multas de hasta 300.000 euros o dos años de cárcel, mientras que otros países avanzan con el endurecimiento de sanciones en sus políticas sanitarias de información sobre salud. Lo que se debate es si esa información puede considerarse publicidad sanitaria ilegal, práctica médica sin licencia o incluso un riesgo para la salud pública.
Existen múltiples razones por las cuales el autodiagnóstico y la búsqueda online crecen de manera alarmante, entre ellas: el hiperacceso a información médica sin poder distinguir sobre su confiabilidad, la intolerancia cultural a la incertidumbre, la socialización del diagnóstico (familia, redes, amigos), la complejidad actual del acceso al sistema de salud que demora turnos y brinda atención que muchas veces deja al paciente con escasas explicaciones y contención por lo breve de las entrevistas, una cultura de la automedicación, y la inmediatez en el acceso a la información por buscadores online o uso de inteligencia artificial.
Al buscar información en línea, el fenómeno indica que se empieza por un síntoma y se termina en una patología generalmente grave. Esto genera un aumento de la ansiedad en lugar de seguridad y certeza.
A la hora de construir un diagnóstico, los profesionales de la salud consideran múltiples factores. En principio, nunca se trata de algo tan lineal como «causa – efecto», sino que se consideran los multideterminantes de la salud, esto es el conjunto de factores personales, sociales, económicos, ambientales y biológicos que, interconectados, determinan el estado de salud físico y mental de individuos e incluso poblaciones. Incluyen desde la genética y estilos de vida hasta condiciones habitacionales, servicios sanitarios y educación.
Por ejemplo, una persona puede presentar cierta sintomatología de malestar gástrico y buscar en internet su «diagnóstico», pero un profesional podrá pensar también si ese malestar tiene relación con la calidad del agua de la zona que habita y pedir un análisis de laboratorio sobre ella, además de extender la pesquisa a problemas en la piel, entre otras cuestiones. Así, la perspectiva se amplía considerablemente.
Además, se considera una relación de covariación sobre los signos y los síntomas que presenta la persona: los síntomas son aquello que el individuo refiere sentir («me duele la cabeza») y los signos son aquello que se observa (por ejemplo, lesiones en la piel, ojos amarillos, etc.). Esa covariación puede presentarse también respecto de los factores ambientales y sociales: cuando le asignan el turno noche la persona tiene síntomas de ansiedad, pero esos síntomas desaparecen en el turno de la mañana. Esa combinación de signos y síntomas ayuda a armar una categoría de síndrome, que no es necesariamente la patología.
A ese síndrome se lo observa en función del contexto, considerando las características particulares del caso: si la persona empezó a tomar ciertos medicamentos o los dejó de tomar, si cambiaron las condiciones de vida, cómo son sus relaciones sociales, si alguien más en su familia padeció alguna vez algo parecido, si esto ya le pasó antes, etc.
Esta evaluación es amplia y compleja y permite tener muchísima información que, en el mejor de los casos, ayudará a arribar al diagnóstico.
Si hay algo que los profesionales de la salud aprenden en profundidad es que el diagnóstico siempre se escribe con lápiz: es una hipótesis provisoria. En este mundo que pierde la demora de la gratificación y que se ilusiona con falsas certezas, esto es difícil de comprender.
Si se presta atención, aquellos profesionales de mayor experiencia en el campo son los que menos afirman, sino que empiezan su relato con la frase «podría tratarse de…». Esto no implica que no estén seguros de lo que hallaron, sino que saben perfectamente que cualquier información o sintomatología o signos que aparezcan como nueva información puede dar un nuevo curso a ese proceso diagnóstico.
Por eso se habla de una construcción, de una hipótesis, y no de una certeza. Incluso al arribar a un diagnóstico preciso se siguen contemplando esos multideterminantes de la salud en el discurso y la presentación de cada paciente.
Otro aspecto del diagnóstico implica considerar patologías que cursen al mismo tiempo y realizar un diagnóstico diferencial, entre otras prácticas.
A partir de allí empieza la evaluación de consideraciones para el tratamiento, que también implica una pesquisa sobre antecedentes, intolerancias o alergias y, sobre todo, posibilidades: un tratamiento que no se puede seguir o al que la persona no puede acceder debe revisarse y rediseñarse buscando la mejor opción para el paciente.
Resulta importante concientizar sobre el uso de las redes sociales y buscadores de información relacionado a temas de salud, ya que puede llevar a agravar síntomas y enfermedades por no tratarse correctamente a tiempo, así como a distorsionar la interpretación de ciertos rasgos de personalidad o comportamientos, asociándolos con patologías que en realidad no existen en el individuo.
En Argentina, las profesiones del campo de la salud requieren para su ejercicio la matrícula habilitante y el cumplimiento de la ley de ejercicio profesional que corresponda. Además, existe la ley de derechos del paciente. Todos estos datos pueden ser consultados online a la hora de elegir un profesional tratante.
Si bien Dr. Google o la capacidad veloz de procesamiento de información que hoy brinda la inteligencia artificial resultan muy atractivos para obtener la ilusión de certeza instantánea, es importante no perder de vista poder evaluar sobre la confiabilidad de lo que se aprende en línea. En el ámbito de la salud, todavía, la clínica es soberana.
