En el marco de una investigación en curso, profesionales de la salud detallan las distintas formas de violencia y negligencia que afectan a niños, niñas y bebés, subrayando la importancia de la detección temprana por parte del entorno.
El denominado «síndrome del niño maltratado» es un concepto amplio que engloba diferentes formas de violencia ejercidas sobre niños y niñas. Así lo explicó el médico pediatra Mauro Nieto, quien detalló que «hay distintos tipos de violencia: maltratos físicos, psíquicos, sexuales o incluso negligencia».
El maltrato físico, muchas veces el más visible, se manifiesta a través de hematomas o lesiones con patrones repetitivos. «Se trata de niños que a veces ingresan repetidamente a la guardia por fracturas o lastimaduras permanentes, quemaduras que se repiten con un determinado patrón», señaló el especialista. Estas señales suelen ser un indicador de situaciones de violencia sostenida.
Sin embargo, no todas las formas de maltrato dejan marcas visibles. El maltrato psíquico o emocional puede ser igual de dañino y más difícil de detectar. «Se evidencia en chicos con baja autoestima, retraídos, muy sumisos, o que lloran ante la presencia de los padres. A veces tienen cambios bruscos de comportamiento o actitudes excesivamente temerosas», explicó Nieto.
Otra forma frecuente es la negligencia, que implica la falta de cuidados básicos. «Son chicos que están mal alimentados, mal cuidados, con vestimenta inapropiada o muestran un ausentismo escolar crónico», agregó el pediatra.
En el caso de los bebés, existe una forma particularmente grave conocida como «niño sacudido». «Se da cuando sacuden fuertemente a los nenes, repetidamente, produciendo lesiones o hemorragias internas, que pueden ser retinianas o en el cerebro», advirtió. Este tipo de agresión puede generar daños neurológicos severos e incluso la muerte.
Las consecuencias del síndrome son profundas y abarcan múltiples dimensiones, desde lesiones físicas hasta secuelas emocionales y psicológicas que pueden acompañar a la persona durante toda su vida, impactando también en el desarrollo cognitivo y social.
En este contexto, especialistas coinciden en que la clave está en la prevención y en la detección temprana. Docentes, profesionales de la salud y el entorno cercano cumplen un rol fundamental para identificar señales de alerta y activar los mecanismos de protección correspondientes.
