Una empleada formal de Puerto Madryn inició un emprendimiento de pan casero y pastafrolas para afrontar gastos cotidianos, con apoyo de su esposo y clientes recurrentes.
Ante la dificultad de afrontar los gastos cotidianos únicamente con un salario mensual, Sonia, una trabajadora de Chubut, puso en marcha un pequeño emprendimiento de venta de pan casero y pastafrolas. La iniciativa nació como una alternativa para sumar ingresos al hogar y hoy se transformó en una actividad complementaria que desarrolla junto a su esposo.
Desde una concurrida esquina de la ciudad de Puerto Madryn, la mujer ofrece diariamente productos recién elaborados, apostando a la calidad y a la cercanía con sus clientes. La propuesta surgió a partir de una necesidad concreta: hacer frente a un contexto económico que exige redoblar esfuerzos para llegar a fin de mes.
«Le digo a mi esposo: ‘Voy a ayudar a la economía de la casa porque los sueldos no alcanzan; voy a vender pan y pastafrolas’. No es para decir ‘Uh, puedo vivir solo de esto’, pero ayuda a un sueldo que uno tiene fijo», señaló.
ORGANIZACIÓN Y TRABAJO EN EQUIPO
La producción se realiza de manera artesanal y requiere una planificación constante para garantizar que los alimentos lleguen frescos a quienes los compran. Debido a sus obligaciones laborales, Sonia organiza cada jornada en función de sus horarios y cuenta con el apoyo de su esposo para completar el proceso de elaboración.
«Yo tengo un trabajo fijo y, dependiendo de mi horario, hay veces que dejo la masa hecha y mi esposo me la cocina, me los hace para que yo, después cuando salgo, pueda venir a venderlos todos los días frescos. Yo temprano me levanto y se hace lo que se vende al mediodía, que es de las 10 a 12, 12:30, y al mediodía se produce lo que es para la tarde. Tengo gente, muchos clientes fijos que vuelven por el producto y tengo gente que se lleva de a dos, de a tres panes», explicó.
La constancia es una de las claves del emprendimiento. Cada día se preparan nuevas tandas de productos para abastecer la demanda de una clientela que, con el paso del tiempo, se volvió habitual.
Sonia destacó que uno de los beneficios más valorados por quienes compran es la practicidad para conservar el pan. «Lo bueno es que lo podés cortar; si no lo consumís en el día, lo podés cortar y frizarlo y lo tenés para las tostadas», señaló.
EL APOYO DE LOS VECINOS
La presencia diaria en el mismo lugar permitió construir una relación de confianza con los clientes. Incluso cuando las condiciones climáticas son adversas, muchos vecinos saben que la encontrarán allí con sus productos.
«Tengo clientes fijos que son puntuales, llueva o no llueva me encuentran acá porque vienen a buscar su pan», remarcó.
Además, destacó que, más allá de la venta, existe un aspecto que considera fundamental: la solidaridad entre trabajadores y pequeños emprendedores. Según contó, muchas personas eligen comprarle como una forma de colaborar con su economía familiar.
«La vez pasada, por ejemplo, pasó una señora y me dice: ‘Mira, iba a comprar a una panadería y, como siempre te veo, dije: no, se lo voy a comprar a la señora para ayudarle’. Entonces vamos a ayudarnos entre nosotros, los laburantes», concluyó.
