En medio del silencio de la estepa patagónica, donde las ovejas pastan cerca de los ríos y el viento parece ser el dueño de todo, una pequeña capilla se convierte, una vez al año, en el centro de reunión de dos naciones. Se trata de la Capilla Nuestra Señora de El Triana, un templo de madera construido a principios del siglo XX en un campo privado del sudoeste de Chubut, a tan solo cinco kilómetros de la frontera con Chile.
El lugar está prácticamente deshabitado: apenas unas 200 personas viven en los alrededores, entre estancias, aserraderos y el pueblo cercano de Aldea Beleiro. Sin embargo, cada último sábado de enero, el sitio se llena de vida. Familias chilenas y argentinas llegan con sus vehículos tras recorrer kilómetros de ripio para participar de la Misa por la Paz, una ceremonia religiosa que recuerda el Tratado de Paz y Amistad de 1984, firmado tras el conflicto limítrofe entre ambos países.
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“Es algo muy especial. Viene gente de muchos lados, de Chile y de la Argentina. Muchos aprovechan para bautizar a sus hijos, porque es la única misa del año en esta capilla”, cuenta Mónica, vecina de la zona, que asiste desde hace más de dos décadas.
La fachada de la capilla de madera.
Una iglesia con historia y milagros
El templo, construido en madera con un estilo que remite a las iglesias chilotas de Chiloé —hoy Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO—, guarda en su interior símbolos de la unión: banderas, insignias, fotos y un libro de visitas que tiene en sus primeras páginas las firmas de un gendarme argentino y un carabinero chileno.
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La comunidad local lo considera un lugar milagroso. Hace más de 40 años, un incendio arrasó gran parte de los bosques de El Triana, pero la capilla resistió intacta a las llamas. Desde entonces, se la mira como un emblema de resistencia en medio de un territorio marcado por el frío, la soledad y la dureza del invierno.
Durante la crisis diplomática de 1978, el paso fronterizo cercano permaneció cerrado y la zona se militarizó. Aun así, soldados de ambos lados se acercaban a la capilla para rezar. Ese antecedente se transformó, tras la firma del tratado de 1984, en la tradición de la misa anual, que hoy congrega a obispos, autoridades, gendarmes, carabineros y, sobre todo, a familias que buscan un espacio de comunión.
La tranquera para ingresar a la capilla.
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Cómo llegar a El Triana
El acceso no es sencillo. Primero hay que arribar a Aldea Beleiro, a 120 kilómetros de Río Mayo, y desde allí tomar un camino de ripio que serpentea entre coirones, pinos y lengas. El aserradero local abastece a los vecinos de la leña imprescindible para atravesar los crudos inviernos, ya que la zona no cuenta con red de gas. Muy cerca, el lago Las Margaritas ofrece un respiro al viajero: aguas claras para la pesca de trucha arco iris y un área agreste de acampe con fogones.
La «calle» principal de Aldea Beleiro es la RP 74, la ruta que conduce a Chile.
Francisco Ambrogi
Para ingresar a la capilla es necesario pedir la llave en la oficina de Gendarmería. Luego de atravesar una tranquera, un camino de tierra de apenas 800 metros conduce hasta el pequeño edificio de madera coronado con una cruz y dos banderas: la argentina y la chilena.
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La misa que une fronteras
Cada enero, los habitantes de la región de Aysén y del sur de Chubut se encuentran en este punto fronterizo. La misa está marcada por abrazos, saludos y el clásico “beso de la paz” que aquí cobra un sentido particular.
“Hay personas que sólo veo una vez al año, en esta misa. Nos reconocemos, nos abrazamos. Es un momento único”, relata Mónica.
Cerca del río pastan ovejas y caballos de las estancias que pueblan estas tierras hace más de 100 año
Luego de la celebración religiosa y de los bautismos, la tradición continúa con un almuerzo comunitario. A veces se realiza en un fogón cercano al puesto de Gendarmería argentino y otras en el retén de Carabineros del lado chileno. Siempre hay un asado donado por alguna estancia vecina y platos que aportan las familias. La jornada se convierte, entonces, en una verdadera fiesta binacional en medio de la inmensidad patagónica.
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Un territorio con raíces profundas
El valle donde se asienta la capilla tiene una larga historia. Fue habitado originalmente por el grupo tehuelche liderado por el cacique Manuel Quilchamal, quien guió a exploradores como Francisco Moreno y Clemente Onelli. A principios del siglo XX comenzaron a instalarse familias criollas, inmigrantes europeos y, sobre todo, chilenos que cruzaban la cordillera en busca de mejores pasturas y menos lluvias.
Con el tiempo se fundó Aldea Beleiro, el pueblo más cercano, que hoy conserva apenas unos servicios básicos, dos restaurantes y un hospedaje familiar regenteado por descendientes de los pioneros.
Aldea Beleiro, Chubut.
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En esta tierra de silencios y horizontes infinitos, la pequeña capilla de El Triana se levanta como un recordatorio de que la paz también puede construirse desde los lugares más remotos. Un símbolo de unión en un rincón escondido de Chubut, donde cada año argentinos y chilenos dejan de lado las fronteras para rezar, celebrar y compartir un mismo abrazo.